Manos a la obra

febrero 23, 2008

Luego de un mes y medio de postulaciones por internet, búsquedas y entrevistas varias, vuelvo a ser parte de la fuerza laboral empleada en la Argentina. En realidad, el tiempo de ocio fue algo así como cinco meses (qué placer!), pero desde mediados de septiembre, cuando renuncié, hasta fines de diciembre, que decidí volver, mis pensamientos escaparon casi por completo a la idea de regresar a la relación de dependencia. Pero como la variable “ahorro” comenzó a sufrir su natural e irraparable caída libre, al llegar al “punto de stock”, reconocí contra mi sana voluntad que debía movilizarme como ser racional y económico que soy.

Al comienzo, el sólo hecho de leer ofertas laborales produce un sin fín de sensaciones. Desde el repudio y el desprecio hasta la ilusión y el entusiasmo. Con el paso de los días y un poco más familiarizado con la rutina de este tipo de lecturas, uno acaba por acostumbrarse con las ofertas despreciables y descreer de las entusiastas.

Por fortuna, mi experiencia personal, ha sido bastante satisfactoria en cuanto a realización de entrevistas de trabajo. Mas o menos, en unas siete u ocho semanas, he concretado un promedio aproximado de 2 entrevistas nuevas en cada “de lunes a viernes“. A lo que sumado con las búsquedas que se encontraban en un grado de avance mayor (es decir, segundas entrevistas), puedo decir que tuve casi una cita por día durante todo el período en cuestión.

Lo malo de tantas entrevistas es que la cabeza alcanza un alto nivel de saturación y desgaste. El discurso de venta no siempre es el mismo, dado que no siempre las ofertas parten de empresas del mismo rubro o negocio, y en consecuencia, es necesario hacer la correspondiente adaptación. Por si fuera poco, luego de cada entrevista interesante, creo que es un ejercicio lógico proyectarse como futuro empleado en el puesto que acaban de describirte, realizando las respectivas tareas, viajando en el medio de transporte indicado para llegar a horario, haciendo cálculos de los ingresos brutos y netos, y una larga serie de ideas relacionadas ad hoc.

Fue así como me imaginé trabajando en empresas de energía eléctrica, de comercio exterior, agencia marítima y hasta asistente de un centro comercial (!!!). También viajando a Barracas en colectivo, a Retiro caminando o comprando un coche para llegar sin tanto miedo a Villa Lugano.

Por fin, cansado de tanto juego virtual y simulación a punto estuve de dar el “si” donde más aplicaba el “no”, y no sé porqué pero estoy seguro que hubiera sido mi divorcio definitivo con esta modalidad de trabajo, la relación de dependencia. Como un manotazo de ahogado escupí el “no” y decidí extender la búsqueda por un tiempo más. Al cabo de pocos días, ya con mi variable ahorro a poca distancia del “punto crítico de reposición” me ví un miércoles sentado frente a un hombre que me resultó por demás simpático. Un gordito de bigotes, vestido de manera informal, y con sus ojos puestos en los mios, que me hizo sentir que había encontrado el lugar que estaba buscando.

Un lugar donde trabajar no significara volverse loco o robarle horas a la vida de afuera. Sino más bien, un lugar donde las tareas fueran posibles de realizar en el tiempo que por contrato, ambas partes acordaron a comprometerse. Dos días después éste gordito simpático me llamaba por teléfono para confirmar mi ingreso siempre que yo estuviera de acuerdo. “Por supuesto”, le respondí. “Bien, eso quería escuchar”, me dijo. Y “Buen fín de semana”.

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En realidad la imagen corresponde a la oficina de mi anterior trabajo, del cual pocos recuerdos buenos tuve.