En busca del bosón de Higgs

El miércoles 10 de septiembre se puso en marcha el LHC, o Gran Colisionador de Hadrones (por sus siglas en inglés). El mismo, se lleva a cabo en el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares y se trata del mayor desafío de la comunidad científica en la historia. Como es tan complejo explicarlo, prefiero copiar una nota que Víctor Hugo Morales hizo en su programa de radio a Adrián Paenza, quien, sin ser un experto en el tema, describe la importancia del experimento con mucha claridad.

VIctor Hugo: Hola, Adrián. Hace un tiempo me contaste lo de la “máquina de Dios”, no sé cómo la llaman en los EE.UU.

Paenza: Sí, igual, o también la “máquina de descubrir”, depende cuál sea el grado de exageración para llamar la atención de la gente. En ese momento también te dije cuánto me hubiera gustado estar en este momento en Ginebra.

VH: Así es.

P: Pero no estoy.

VH: Mi problema es que yo entendí todo cuando me lo explicaste, pero ahora no lo sé explicar.

P: Bueno, primero la gente tiene que entender que yo no soy físico, pero sí puedo contar por qué estoy entusiasmado. Y decir lo siguiente: todos nosotros hemos sido chicos alguna vez, y nuestros padres nos han regalado algún juguete. Cuando nos dejaban solos lo que queríamos hacer, además de jugar con él, era desarmarlo; y una vez que estaba desarmado lo que queríamos hacer era ver cómo funcionaban las partes de ese juguete, y empezábamos a romperlo, y a partirlo, y si uno era curioso y lograba que los padres coexistieran con uno y compartieran esa curiosidad, entonces uno podía traer un martillo y desarmar tanto como pueda, hasta lograr ver cuáles eran las partículas más chiquititas. El hombre ahora sigue jugando, y está a la búsqueda de saber cuáles son esas partículas tan chiquititas. En algún momento se pensó que eran las moléculas, después que eran los átomos, y después el hombre se dio cuenta de que los átomos no eran en realidad las partículas más chiquititas, sino que a su vez contenían electrones que giraban alrededor, que había neutrones, protones. Y en algún momento también se supuso que esos protones eran las partículas más chiquitas, y después se descubrió que no, que había partículas aún más chiquititas, y los fotones, y los quarks, y los muones, y un montón de nombres así. Es decir, el hombre está a la búsqueda de saber cómo está hecha la materia, cuáles son las partículas más chiquititas, algo así como el equivalente de cómo está hecho el ADN, cómo son los genes, qué es lo más chiquitito posible.

VH: Ajá…

P: Hay teorías que dicen que las partículas son, en total, trece. La teoría más aceptada habla de que hay trece partículas elementales. Pero de las trece, se conocen doce. De las doce, cuatro fueron descubiertas acá, cerca de Chicago, en el Fermilab. Y resulta que, ésta es la parte interesante, quiero contar cómo es que el hombre se las ingenia a ver si puede generar y descubrir esa partícula que falta y después empezar con la máquina de descubrir otras cosas. Lo que se trata de hacer es lo siguiente: supongamos que uno, debajo de la tierra, va a armar como si fuera un tubo. Un tubo circular, como si fuera una goma de bicicleta o una cámara de auto, solamente que tiene 27 km de circunferencia –27 km es una barbaridad, vale la pena pensar en eso– y está a cien metros de profundidad. Esto se empezó a hacer hace 14 años, y ha costado miles de millones de dólares.

VH: ¿Y qué es lo que se hace?

P: Por un lado, se empiezan a lanzar rayos, haces de partículas chiquitas para un lado, para que empiecen a girar en redondo. O sea, imagínense que cada vez van acelerando –por eso se llama un acelerador de partículas– y empiezan a girar, supongamos, para la derecha. Es decir, uno está parado en un lugar y los haces empiezan a girar hacia la derecha y luego vuelven, naturalmente, porque giran en redondo; una vez que recorren los 27 km vuelven a pasar por el lugar. Y así uno los va acelerando, en forma electromagnética, pero eso no tiene importancia: los acelera. Después hace lo mismo, pero en sentido contrario. Empieza a mandar haces para el otro lado. Los haces giran hacia el lado izquierdo, ahora. Y en algún momento, se preocupan de hacer lo siguiente: en hacerlos chocar. O sea, reemplazar el martillo. Y reemplazar el martillo es hacerlo de una manera muy particular: es hacer estrellar esos haces, que vienen a una velocidad casi cercana a la velocidad de la luz, con el objeto después de tener cuatro sensores para poder medir cuando esos haces se estrellan –porque vienen de frente como dos locomotoras, pero que producen millones de particulitas en fracciones de segundo cuando chocan–, poder medir todo eso y poder describir, entonces, cuándo chocaron, cuándo se partieron, lo que se ve, cómo se ve, qué son las particulitas más chiquititas. De ésas se conocen doce. ¿Se entendió?

Daniel López: Se entendió bárbaro, Adrián. Esos datos van a ser enviados a 500 instituciones del mundo; entonces, ¿cuándo vamos a poder conocer lo que se descubra?

AP: En realidad, no está claro cuándo. A partir de ahora, además, los descubrimientos van a ser lo que se llama ciencia básica, y uno podría preguntar: “¿Pero para qué se hace todo esto? ¿Por qué habría de concentrar la actividad de 5 mil personas, miles de millones de dólares, 14 años de trabajo? ¿Para qué? ¿Cómo vamos a ser mejores, cómo va a afectar la vida del ciudadano cotidiano, aquel que se levanta hoy a la mañana en la Argentina o en Zambia?”. Cada uno de nosotros es mejor porque el aporte de la ciencia ha logrado cosas, que yo no voy a discutir ahora, pero claramente estamos mejor hoy, como seres humanos, como sociedad, que lo que estábamos hace 100 años. De hecho, estamos hablando vía satélite y se escucha perfecto, no hubo demoras en la llamada; por no contar todas las revoluciones en medicina, en resonancias magnéticas, Internet, etc. Pero todo eso forma parte de un compendio, de un caudal de conocimiento que el hombre va generando y no piensa: “Hoy hago esto porque me va a dar un resultado mañana”. Todo esto va a generar un montón de conocimiento, que en un momento explota en distintas direcciones. Es decir, saber el porqué es como si uno se preguntara por qué, cuando uno es chico, por qué el cielo es celeste o por qué se caen las cosas, por qué un imán atrae algo… De hecho, vivimos contestándonos preguntas; esto es lo que yo creo que tiene valor para la curiosidad del ser humano: poder contestarse preguntas. O sea, con respecto a la pregunta de Daniel, mi respuesta es no sé, pero vos quedate tranquilo que en el momento en que algo nuevo y trascendente se conozca, vos y yo nos vamos a enterar, probablemente al unísono.

VH: Adrián, muchísimas gracias. Lo has hecho bien, para que se pueda entender y uno lo entiende. Cuando aparezca la partícula trece, ¿se sabe qué es lo que vamos a poder detectar de nuevo para conocer nuestra historia, el fondo de la misma?

P: Te respondo como un ávido lector de todo lo que pasa alrededor. Lo que sí vamos a saber es que se confirma la teoría del Big Bang. Eso es lo interesante de la ciencia, la ciencia toma el lugar de predecir el futuro. Un último ejemplo, el que te di esa noche –ahora recuerdo– cuando estábamos comiendo y hacía mucho frío, es el ejemplo que me dieron algunos argentinos que trabajan en el Fermilab, y recuerdo a Gastón Gutiérrez, ¿tengo un minuto más para contar esto?

VH: Sí.

P: El me explicó lo siguiente. Les dije: “¿Pero ustedes cómo saben, cómo pueden predecir que hay una partícula número trece, o lo que sea que no ven?”. Y él me dice: “Imaginate una cancha de fútbol. Suponete que vos ves desde el estadio todo, salvo un ángulo que está tapado por una columna. Esa parte no la ves, como si fuera un córner, un angulito que vos no ves. Cada vez que la pelota se va por ese lugar, en lugar de desaparecer, la pelota vuelve hacia un compañero tuyo. Es decir, cada vez que la pelota se va por ese lugar luego reaparece. Ya el hecho de que reaparezca es raro, porque supuestamente no había nada ahí y la pelota se va afuera. Sin embargo, reaparece rápidamente dentro de tu campo visual y la tiene un compañero tuyo. Entonces, vos tenés derecho a suponer: “Escuchame, en ese lugar que no veo hay un compañero mío, tiene que haber alguien que cada vez que la pelota se va ahí se la devuelve a uno de los nuestros”… Se entiende la imagen, ¿no es cierto?

VH: Ese es el jugador número trece…

P: Ese es el jugador número trece. El que uno sospecha que está, pero no ve. La teoría dice: “Ahí tiene que haber algo”. Ahora es el momento de encontrarlo y decir: “Sí, ahora lo vimos”.

*Diálogo mantenido durante el programa La mañana, de Radio Continental.

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