Correr bajo la lluvia

Ser parte de la gran masa de trabajadores que cumple con su horario por el simple hecho de recibir en cuotas mensuales una retribución monetaria es una situación que me angustia y me deprime. ¿Recién son las dos de la tarde? ¡Qué ganas de que llegue el viernes! ¡Faltan más de tres años para el 2011! Consultar por la hora, preguntar qué día es hoy o mirar el calendario se ha transformado en parte de mi penosa rutina.

Me resisto a vivir el presente con la ansiedad de que el futuro inmediato sea diferente y mejor. Es querer ir hacia el final del libro para asegurarme que el desenlace será el correcto y esperado. Es aburrirse con el partido de fútbol porque los goles no llegan. A lo sumo un tiro de esquina o un disparo de media distancia. La única (y gran) diferencia es que el libro (o el partido) lo escribo (o lo juego) yo. Entonces, de qué me quejo? Y si, me quejo. Pero conmigo mismo.

A veces pienso que (de gil nomás) dejé pasar potenciales emprendimientos, carreras universitarias o hasta proyectos comerciales por los que ahora, a mis 31 años, me arrepiento. Y ahora, a mis 31 años, tengo la necesidad de enmendarlos.

Durante mucho tiempo creí que mi primer error (imperdonable) lo cometí a los 6 años en el cumpleaños de Mariela, la hija única de unos amigos de mis viejos. En ese entonces ya sentía la seguridad de que mi futuro estaría ligado al fútbol. Pero mi timidez fue más orgullosa que mi cobardía.

Un mago que animaba la fiesta me hizo pasar para llevar a cabo uno de sus trucos y al presentarme para saber mi nombre, me hizo además la clásica e inútil pregunta que se le hace a los nenes:

¿Y qué querés ser cuando seas grande?

– No sé.

Quizás mi mecanismo de defensa relacionó que si yo hubiera revelado la verdad, que era ser jugador de fútbol, correría el riesgo de que mi idea fuera copiada. Tal vez la teoría darwiniana ya estaba instalada en mi inconsciente. Así, ante una supuesta feroz competencia, sumado a la falta de confianza en mis condiciones, mis deseos de llegar a la primera de Boca serían inalcanzables. Para colmo, ya en el coche de regreso, mi vieja comentó: “Estaba segura que Maurito iba a decir jugador de fútbol”.

Con el tiempo mi afición por el juego del balompié fue siempre en ascenso, pero mis intentos por ser tenido en cuenta en los castings futboleros fueron más fríos que tibios. La última prueba en la vieja cancha de Agustín García y Boyacá fue el punto de quiebre a partir del cual me enemisté un poco (sólo un poco) con la pelota.

Las salidas nocturnas (con amigos) y la lectura (a solas) fueron ocupando mayor espacio en mis ratos de esparcimiento. Y con ellas mis dudas filosóficas, académicas, vocacionales y sexuales. Durante una semana estudié para la carrera de Contador Público, por cuatro meses creí que podría ser abogado y en un viaje Castelar-Once en tren para anotarme en Publicidad mi primo me convenció de que no lo hiciera y me sugirió a cambio hacer un curso de DT.

Tras un letargo sabático empecé, ya con más determinación que convicción, la carrera de Administración de Empresas cuyo título está aún postergado hasta la presentación de una entrega final llamado tesina. Mientras tanto alterné trabajos relacionados con mi formación universitaria: tareas administrativas y operativas, pasantías en los sectores público y privado, consultorías de procesos.

Y ahora, otra vez me encuentro en un punto donde vuelvo a parar la pelota. Me cansé de correr ahuyentado por el chaparrón. O me quedo a mojarme o me hago a un costado debajo de un reparo a pensar una nueva jugada.

Ahora quiero ser periodista.

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