La Plaza de Mayo

Un día antes del acto de apoyo a la presidenta, cuya organización se llevó a cabo desde las oficinas de su esposo en Puerto Madero, en la Plaza de Mayo ya se podían apreciar los preparativos del multitudinario evento. Decorado con largas banderas de color celeste y blanco, el escenario desde donde oraría la titular del Poder Ejecutivo era el primer asistente con 24 horas de anticipación.

El día elegido para la demostración de apoyo, cuando a primera hora de la mañana los oficinistas que trabajan por la zona llegaron a sus empleos, se encontraron con la plaza repleta de banderas, pasacalles y globos con la firma de cada una de las organizaciones gremiales que serían acercados para decir presente. Como un salón de fiestas en las horas previas a la celebración, la plaza estaba lista.

Cerca del mediodía, se vió llegar a los primeros “invitados” que por supuesto quisieron ocupar lugares de privilegio, los más cerca posible del escenario. Los baños químicos dispuestos en las adyacencias rentados para la ocasión, daban cuenta que todo había sido pensado, hasta el menor detalle.

Como es de esperar en estos casos, el discurso de quién “ha pecado por ser elegida por el voto popular y además por ser mujer”, fue el más populista y demagogo desde que se sienta en el sillón de Rivadavia.

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